Cambiamos de trabajo, de ciudad, de pareja, de opinión y de móvil con una frecuencia que habría asombrado a nuestros abuelos. Lo que antes era estable —un oficio para toda la vida, un barrio, una comunidad de creencias— se ha vuelto provisional. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman encontró una metáfora precisa para describirlo: vivimos en una modernidad líquida.
En Modernidad líquida (2000), Bauman explicaba que los sólidos conservan su forma, mientras que los líquidos adoptan la del recipiente que los contiene. Nuestra época habría disuelto las estructuras sólidas que daban forma a la vida —instituciones, tradiciones, vínculos duraderos— sin sustituirlas por otras. Cada cual debe construirse a sí mismo, una y otra vez, sin plano y sin garantías.
La otra cara de la libertad
Esta liquidez tiene una cara luminosa: nunca habíamos tenido tanta libertad para elegir quiénes queremos ser. Pero tiene también una cara oscura. Cuando todo depende del individuo, el individualismo deja de ser una conquista para convertirse en una carga: si fracaso, la culpa es solo mía.
A finales del siglo XIX, Émile Durkheim había descrito ya la anomia: el malestar que aparece cuando las normas compartidas se debilitan y las personas ya no saben qué esperar ni qué se espera de ellas. Bauman retoma esa intuición en un mundo mucho más acelerado. El resultado es una forma particular de soledad: rodeados de conexiones, nos faltan vínculos. En Amor líquido (2003) describía cómo las relaciones se viven con la lógica del consumo: se prueban, se usan y se descartan cuando dejan de satisfacer.
Anclas en la corriente
¿Qué hacer, entonces? No podemos volver a un mundo sólido que ya no existe, ni sería deseable. Pero sí podemos preguntarnos qué queremos que dure. El filósofo canadiense Charles Taylor, en La ética de la autenticidad (1991), advertía contra una versión empobrecida de la autenticidad, entendida como «hacer lo que me da la gana». La autenticidad verdadera, decía, no se construye en el vacío, sino en diálogo con los otros y con algo que nos trasciende: una tradición, una causa, una comunidad.
Quizá esa sea la clave para no disolverse: elegir algunos compromisos sólidos dentro de la liquidez. Una amistad que se cuida aunque cueste. Una práctica que se sostiene cuando pasa el entusiasmo. Un lugar al que volver. No para detener el cambio, sino para tener un punto de apoyo desde el que atravesarlo.