Piensa en lo que le dirías a un buen amigo que acaba de cometer un error. Probablemente le hablarías con cariño: «Le pasa a cualquiera», «Hiciste lo que pudiste», «Mañana lo verás de otra manera». Ahora piensa en lo que te dices a ti cuando eres tú quien se equivoca. ¿Es el mismo tono?
Para muchas personas, la respuesta es no. Somos capaces de una enorme empatía hacia los demás y, al mismo tiempo, de una dureza implacable con nosotros mismos.
La autocompasión consiste en dirigir hacia uno mismo esa misma compasión que ofrecemos a otros. No es autocomplacencia ni lástima. No significa justificar todo lo que hacemos, sino reconocer el propio sufrimiento con amabilidad, recordar que equivocarse forma parte de la condición humana y no identificarse por completo con el error.
Carl Rogers habló de aceptación incondicional para describir la actitud del terapeuta que acoge a la persona tal como es, sin condiciones. Lo sorprendente es que esa aceptación no nos paraliza: nos da el suelo firme desde el que es posible cambiar.
Hoy, cuando aparezca la voz crítica, prueba a hacer una pausa. Pon una mano sobre el pecho, si te ayuda. Y pregúntate: ¿qué le diría a alguien a quien quiero? Luego, dítelo a ti.