¿Por qué algunas personas se sienten cómodas en la intimidad y otras la temen? ¿Por qué hay quien necesita confirmación constante del amor de su pareja y quien, en cuanto la relación se estrecha, siente el impulso de alejarse? Una de las respuestas más influyentes a estas preguntas viene de la teoría del apego.
El psiquiatra británico John Bowlby la formuló a mediados del siglo XX, tras observar a niños separados de sus familias. Su conclusión fue que el ser humano nace con una necesidad biológica de vincularse a una figura de cuidado. Ese apego no es un capricho ni una debilidad, sino un sistema de supervivencia. En Una base segura (1988), Bowlby resume su propuesta: el niño que se siente seguro con su cuidador puede explorar el mundo, porque sabe que tiene un lugar al que volver.
Estilos de apego
La psicóloga Mary Ainsworth, colaboradora de Bowlby, diseñó un experimento conocido como «la situación extraña», en el que observaba cómo reaccionaban los bebés cuando su madre salía de la habitación y volvía. A partir de ahí describió distintos estilos de apego: seguro, ansioso y evitativo (más tarde se añadió el desorganizado).
En los años ochenta, los investigadores Cindy Hazan y Phillip Shaver trasladaron estas categorías a las relaciones de pareja adultas. Y el libro divulgativo Maneras de amar, de Amir Levine y Rachel Heller, las popularizó: las personas con apego seguro confían en el vínculo; las ansiosas temen el abandono y buscan cercanía constante; las evitativas se sienten amenazadas por la dependencia y tienden a poner distancia.
El pasado en el presente
El psicoanálisis había intuido algo parecido con el concepto de transferencia: la tendencia a revivir, en las relaciones presentes, los patrones afectivos vividos con las figuras importantes de la infancia. Sin darnos cuenta, esperamos de nuestra pareja lo que esperábamos de nuestros padres, o tememos de ella lo que temíamos de ellos.
El estilo de apego influye también en la autoestima. Quien se sintió querido de forma incondicional tiende a sentirse digno de amor; quien tuvo que ganarse el afecto a base de logros o de silencio puede arrastrar la sensación de que nunca es suficiente.
¿Se puede cambiar?
La buena noticia es que el apego no es un destino. Los investigadores hablan de «seguridad ganada»: personas que, a pesar de una infancia difícil, han desarrollado un apego seguro en la edad adulta gracias a relaciones reparadoras, a la terapia o a un proceso consciente de autoconocimiento.
Conocer nuestro estilo de apego no sirve para etiquetarnos, sino para comprendernos. Para reconocer, cuando el miedo al abandono o la necesidad de huir aparecen, que quizá no estamos respondiendo a la persona que tenemos delante, sino a una historia antigua. Y para darnos la oportunidad de escribir, poco a poco, una historia distinta.