Vivimos rodeados de discursos. Opiniones, titulares, mensajes, campañas. Nunca había sido tan fácil decir algo y que llegara lejos. Y, sin embargo, pocas veces ha sido tan difícil saber qué es verdad. La palabra «posverdad» describe un clima en el que los hechos pesan menos que las emociones y las creencias previas a la hora de formar la opinión pública.
Frente a este paisaje, merece la pena recuperar una vieja palabra griega: parresía, que significa literalmente «decirlo todo». Para los atenienses, el parresiasta era quien hablaba con franqueza, diciendo lo que pensaba aunque eso le pusiera en peligro.
El coraje de la verdad
Michel Foucault dedicó a este concepto sus últimos cursos en el Collège de France, publicados como El coraje de la verdad. Allí distingue la parresía de otras formas de hablar. El retórico busca convencer; el adulador, agradar; el experto, enseñar. El parresiasta, en cambio, dice la verdad asumiendo un riesgo: puede perder el favor del poderoso, la amistad del otro o incluso la vida.
Por eso la parresía está ligada al coraje. No basta con saber la verdad; hay que atreverse a decirla a quien no quiere oírla. Sócrates, que interpelaba a sus conciudadanos en el ágora hasta incomodarles, fue para Foucault la figura ejemplar de esta actitud.
Verdad, amistad y comunidad
Foucault vinculó la parresía al cuidado de sí. Decir la verdad no era solo un acto político, sino también una práctica ética: una manera de ser coherente, de ajustar la propia vida a lo que se piensa. Y necesitaba también de alguien dispuesto a escuchar. En la tradición antigua, el amigo verdadero era precisamente el que se atrevía a decirnos lo que no queríamos oír.
Hannah Arendt, en su ensayo «Verdad y política» (recogido en Entre el pasado y el futuro), advertía que la mentira organizada no busca tanto que creamos algo falso como destruir nuestra capacidad de orientarnos en el mundo. Cuando todo puede ser verdad, nada lo es, y el ciudadano queda desarmado.
La franqueza cotidiana
Hoy la parresía no requiere necesariamente grandes gestos. Puede ser tan sencilla como decir «no lo sé» cuando no lo sabemos, contrastar antes de compartir, o expresar con respeto una discrepancia en un grupo donde todos asienten. También implica una actitud de escucha: estar dispuestos a que nos digan la verdad a nosotros.
En un tiempo en que la palabra se ha devaluado, la franqueza vuelve a ser una forma de justicia: con los hechos, con los demás y con uno mismo.