Vivimos rodeados de ruido. No solo el de la calle, sino el de las notificaciones, las pantallas, la radio de fondo y, sobre todo, el de nuestra propia mente, que no deja de comentar, planificar y juzgar. Hemos perdido la costumbre del silencio, y a veces incluso le tenemos miedo.
El silencio interior no es simplemente ausencia de sonido. Es una cualidad de la atención: la capacidad de estar presentes sin necesidad de llenar el vacío. El escritor y sacerdote Pablo d'Ors lo describe con sencillez en Biografía del silencio (2012), un breve libro en el que cuenta su propia experiencia con la meditación: sentarse cada día, en quietud, y observar lo que ocurre. Al principio, dice, aparece todo el ruido que llevamos dentro. Con el tiempo, algo empieza a asentarse.
Las tradiciones monásticas llamaron contemplación a esa forma de mirar que no busca poseer ni utilizar, sino simplemente recibir. Y el sociólogo Hartmut Rosa ha hablado de resonancia para describir los momentos en que el mundo nos toca y respondemos. El silencio es la condición de esa resonancia: solo quien calla puede escuchar.
Hoy, regálate cinco minutos de silencio. Sin móvil, sin música, sin objetivo. Solo siéntate y escucha. Quizá lo que oigas no sea nada, y en esa nada descubras un espacio que te estaba esperando.